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José María Buceta, psicólogo deportivo (http://chemabuceta.blogspot.com.es/)

28/11/2017

¿Exigir o explotar?

¿Exigir o explotar? La semana pasada, un periódico dedicó un artículo a la motivación de los trabajadores que tienen un jefe apasionado, que exige una dedicación de entrega casi completa. Planteaba un caso en el que no es fácil seguir el nivel de exigencia de un director que considera al trabajo “como a un hijo” para el que hay que darlo todo de manera prioritaria.

No cabe duda de que los jefes apasionados por su trabajo pueden transmitir a sus subordinados emociones positivas que favorezcan su rendimiento y satisfacción y, como consecuencia de ello, la obtención de buenos resultados. La pasión o, al menos, una dosis generosa de entusiasmo, es un ingrediente esencial en cualquier proyecto que pretenda tener éxito, pero siempre que se administre en la dosis adecuada en función de la situación, el momento y las circunstancias de la personas implicadas. Sin embargo, se puede volver en contra cuando se tira del carro más de la cuenta a un ritmo que no sintoniza con el que los demás pueden o están dispuestos a soportar, o que en cualquier caso, debido al desgaste que provoca, no es aconsejable para garantizar el máximo rendimiento a medio/largo plazo. 

Puesto que necesitamos trabajar, no siempre podemos abandonar el barco que no nos satisface, lo que supone, tal y como sugiere ese artículo, que si tenemos un capitán cuya pasión nos arrolla, no nos queda más remedio que adaptarnos a él so pena de que nos deje en tierra o nos tire al mar. Trabajar y ganar dinero es una prioridad, y por eso, salvo excepciones, no hay otra que ponerse las pilas y, mientras se pueda aguantar, seguir el ritmo que el patrón marca. “Están tan motivados que trabajan 12 horas diarias o más”. ¿Motivados? ¿O cautivos? Evidentemente, si somos tan apasionados como el jefe y nos va esa marcha, miel sobre hojuelas; aunque no por eso deja de ser desgastante el exceso, y son muchos los workaholics cuyo rendimiento y salud acaban deteriorándose. 

Ese artículo me hace recordar la desafortunada metáfora del cerdo y la gallina que usan algunos “gurús”. Se pregunta quién se implica más en el desayuno (anglosajón), ¿el cerdo, o la gallina? Y la respuesta habitual es que el cerdo, ya que para proporcionar el beicon lo da todo, mientras que la gallina aporta los huevos con un sacrificio menor. La ¿ingeniosa? conclusión provoca, o al menos eso pretende, que los asistentes reflexionen sobre si son más cerdos que gallinas o al contrario; y, en caso de liderar equipos, sobre qué son sus subordinados: ¿Quiénes son los cerdos? ¿quiénes son las gallinas? ¿tengo más cerdos, o más gallinas? ¿qué puedo hacer para que las gallinas se conviertan en cerdos? Sin duda, a ese jefe apasionado que arrastra a quienes no tienen más remedio que seguirle, le encantará tener una piara repleta de cerdos, y más tarde o más temprano, querrá deshacerse de las gallinas que no sean capaces de transformarse.

La metáfora sería divertida si no fuera por la falta de respeto que conlleva clasificar a las personas entre cerdos o gallinas y, sobre todo, porque hay mucho iluminado que se lo toma en serio. Conocí a un directivo al que vendieron esta moto. A la semana siguiente reunió a sus subordinados para compartir el ingenioso descubrimiento y decirles que a partir de ese momento, "sólo quería en su equipo a verdaderos cerdos”. “Tenemos que ser ambiciosos, y las gallinas no tienen sitio aquí. Si queremos conseguir los objetivos, tenemos que ser cerdos y sólo cerdos”. Brillante.

¿Realmente aporta más el que, como el cerdo, lo da todo una sola vez, o el que, como la gallina, es consistente y contribuye todos los días con un producto de calidad? ¿Preferimos a empleados de usar y tirar que lo sacrifican todo y se queman pronto, o a los que gracias a una vida equilibrada y feliz, garantizan un rendimiento alto y fiable tanto a corto como a medio y largo plazo? Exigir no equivale a explotar. El que dirige debe estimular la ambición y evitar el acomodamiento de quienes lidera, y por tanto, tiene que exigir; pero no por exigir más, hasta el punto de explotar, el rendimiento es mejor. A veces, puede serlo en cuanto a cantidad y a corto plazo; pero en calidad y a medio plazo, no.

Muchos directores no distinguen entre el producto final y el proceso que conduce a este. Se puede ser ambicioso, muy ambicioso, respecto al producto final, pero eso no quiere decir que el mejor proceso sea machacar a la gente; más bien, al revés: se saca lo mejor de las personas cuando a estas les satisface el equilibrio entre su actividad profesional y su vida personal; cuando no ven el trabajo como, simplemente, una forma de ganar dinero, sino además, como fuente de buenas experiencias y crecimiento personal; cuando se sienten personas dignas que verdaderamente importan como tales más allá de su rendimiento laboral.

Los directores que entienden esto, ya sea en la empresa, el deporte, la educación o cualquier otro entorno, y actúan en consecuencia, involucran mejor a los suyos en los proyectos comunes y casi siempre consiguen un rendimiento mejor. Sin embargo, existen bastantes casos en los que a aquellos que mandan, todo esto les importa un pimiento. Su política es de usar y tirar, de exprimir todo lo posible y sustituir al que flaquee y ya no pueda seguir el ritmo.

En el conocido libro de Dominique Lapierre, La Ciudad de la Alegría, que más tarde se llevó al cine, a Hasari Pal, padre de una familia muy pobre que vive en la miseria de Calcuta, por fin le llega la oportunidad de mal ganarse la vida tirando de un carrito que transporta gente. Es una actividad física muy dura que afecta gravemente a la salud de quien la realiza, y la ocasión se presenta cuando el que lo conducía antes, cae definitivamente enfermo; algo que más adelante, le ocurre también a él.

Cuando esto último sucede, Hasari entrega el carrito que le ha consumido y ve que le llega el turno a otro hombre sano que como le sucedió a él, lo espera como agua de mayo. Sin ser tan extremas, por supuesto, ya que al menos en el primer mundo existen los derechos de los trabajadores, en la empresa y el deporte existen situaciones análogas que propician jefes como el de ese artículo.  Los supervivientes, continúan; y a los que no resisten, se los sustituye. A esos jefes no les preocupan las bajas; siempre hay candidatos esperando a que quede un carrito libre.

Pero, ¿dónde están el respeto y la ética que merece un ser humano? ¿El fin justifica cualquier medio? ¿Justifica, por ejemplo, que haya que estar contestando los emails del jefe a las once de la noche o los domingos por la tarde? Desde luego, hay situaciones excepcionales que así lo requieren, y cualquier trabajador implicado lo entiende y echa el resto cuando verdaderamente hace falta. Otra cosa es que se convierta en norma; que la vida privada del subordinado siempre esté en segundo plano. Qué el jefe sea un adicto al trabajo no justifica que los demás tengan que seguir su ritmo. Muchas cosas no son tan urgentes y pueden esperar al día siguiente. Bastantes veces, más que en algo objetivo, la urgencia parte de la ansiedad de quien manda, su deseo de cerrar asuntos y su mal uso del poder sobre sus subordinados. Muchos directivos lo hacen sin darse cuenta, sin mala intención; simplemente, asumen como algo natural que los demás deben seguir el ritmo que a ellos les va bien. Sus jefes lo hacen con ellos; y ellos lo hacen con los suyos.

¿Es extraño que se fuguen talentos cuando tienen la oportunidad de hacerlo? Hoy en día las empresas se esmeran por captar talento, pero no basta con eso. Después, es necesario cuidarlo, y eso implica tener muy en cuenta el factor humano, la importancia de compaginar el trabajo con la vida personal, de sentirse una persona digna cuyo tiempo privado se valora.

Una de la principales habilidades de quienes dirigen a otros es ponerse en el lugar de estos, comprender sus necesidades y prioridades y ayudarles a regular su esfuerzo. Otra es controlar su propio entusiasmo y su propia ansiedad para que estos no guíen su forma de exigir a sus subordinados. Los cerdos están bien para los que les gusta desayunar con beicon, y por supuesto, para disfrutar de uno de los manjares más exquisitos: el jamón; pero sobran en los equipos. En estos necesitamos personas capaces que se involucren saludablemente y den lo mejor de sí mismas sin tener que ir al matadero. Exigir, sí; pero no explotar.

José María Buceta, psicólogo deportivo (http://chemabuceta.blogspot.com.es/)

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