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José María Buceta

06/07/2015

¿Padres de alto rendimiento?

¿Padres de alto rendimiento? Tras mantener una conversación telefónica, me reuní por primera vez con Luis Catorce y su esposa María Luisa. Durante nuestro encuentro, me contaron que tienen tres hijos. El mayor de ellos, José Luis, ya ha cumplido los dieciséis años y juega de centrocampista en un equipo de fútbol. Sus entrenamientos son tres días a la semana.

La siguiente, Luisa Fernanda, tiene trece, practica el tenis todas las tardes y compite en torneos casi todos los fines de semana, donde ha obtenido algunos buenos resultados. El pequeño, Luis a secas, tiene ocho, y aún no se ha decidido entre el fútbol, el tenis o el judo. De momento, tiene dos clases semanales de judo en el colegio, una de tenis en un club los fines de semana y dos entrenamientos más el partido del sábado con un equipo de fútbol sala del barrio. Luis (padre) y María Luisa me hablaron de algunas situaciones que les preocupaban.

--- Tenga en cuenta que nosotros no hemos hecho deporte como ellos --- señaló María Luisa --- Y creo que por eso muchas veces no sabemos qué hacer o qué decirles… Como si no pudiéramos comprender lo que hacen… Y a mí esto me da mucha inseguridad…

--- Sí, sí --- confirmó Luis --- Y lo peor es que los chicos no aceptan lo que les decimos… José Luis (el mayor) me dice a veces que no me meta porque no sé nada de deporte… ¡fíjese!  Y eso que soy socio del Atlético de Madrid desde niño…

--- Bueno, bueno… en casa tenemos algunas discusiones fuertes… no muchas, pero cuando las hay… porque el mayor y la niña tienen mucho carácter, y a veces se arma --- señaló ella --- Yo le digo a Luis que no les siga la corriente, que no hurgue… pero este también es un buen cabezota…

--- ¡Hombre! ¡Solo faltaba que me quedara callado! --- saltó Luis --- Mire, por ejemplo, el otro día la niña perdió 7-5 en el tercer set contra una que tiene mejor ranking que ella. Según lo vimos nosotros, jugó bastante bien; y no solo nosotros, los que estaban allí también lo dijeron ¿verdad Luisi? (la mujer asintió). Pues bien, Luisita sale con una cara hasta los pies y en el coche no para de llorar y decir que es una mala jugadora y cosas así… Bien. Le digo que se tranquilice y que esté contenta porque ha hecho un gran partido, y no vea la que me montó ¿verdad Luisi? (volvió a confirmarlo). Que me calle, que no tengo ni idea, que la deje en paz… ¿Qué tengo que hacer yo, entonces? ¿Callarme y aguantar? ¿Decirle lo que pienso? ¿Darle una bofetada?

--- Es que Luisa Fernanda no lleva bien eso de perder --- intervino la madre --- Y cuando gana tampoco crea que está muy contenta. No se coge esos berrinches como cuando pierde, pero casi siempre hay algo que no le ha gustado… Es muy perfeccionista… En eso sale a mí...

--- Y eso que nosotros, al fin y al cabo, tampoco nos metemos mucho --- añadió él --- Porque hay otros padres que en fin… menudos números montan… sobre todo en el fútbol… Algunos creen que su hijo va a ser una estrella, y no vea la que arman…

--- Eso sí… y no se dan cuenta de que son sus hijos los que peor lo pasan con eso --- apuntó María Luisa --- Muchos chavales se ponen más nerviosos, y encima sienten vergüenza de sus padres…

-- Bueno, yo en parte disculpo a esos padres ¡eh! --- intervino Luis --- porque de esta película del deporte nadie nos había hablado… Y hacemos lo que podemos.

Conversamos durante más de una hora. La mayor parte del tiempo, ellos hablaron y yo escuché. Después, tuvimos otros encuentros en los que les ayudé a comprender mejor y encontrar estrategias que les sirvieran. Su caso no es algo aislado. En mi trayectoria como entrenador y psicólogo he conocido a muchos padres en una situación parecida y escuchado a numerosos colegas que también lo han vivido. Yo mismo he sido padre de deportista, y debo confesar que alguna vez he tenido sensaciones y experiencias parecidas a las de Luis y María Luisa.

Ser madre o padre no es fácil. No lo es en ningún caso; pero encima, el deporte de competición plantea una dificultad añadida. Por un lado, es una alegría que los hijos estén sanos y se involucren en una actividad divertida que fortalece su salud, contribuye a su educación y les aparta de las malas compañías. Pero al mismo tiempo, con sus atractivos y apasionantes desafíos, vivencias intensas, marcadores igualados, aciertos, errores y altibajos, victorias y derrotas… el deporte de competición es muy emocional: deseo, expectación, incertidumbre, sufrimiento, satisfacción, decepción, alegría, tristeza, subidón, bajón… y si el que está ahí es tu hijo, todo eso se multiplica. Muchos deportistas y entrenadores de élite que han estado en las principales citas mundiales, han reconocido que jamás se han puesto tan nerviosos como viendo competir a sus hijos, incluso en eventos de mínima trascendencia. Hay que tener en cuenta que la relación entre padres e hijos tiene un componente emocional muy fuerte que a menudo eclipsa a lo racional, y eso se acentúa con la emoción que proporciona el deporte. Si además, como sucede en la mayoría de los casos, se trata de un terreno desconocido para los padres, parece lógico que predomine su inseguridad y en ocasiones se sientan perdidos, sin saber qué hacer, siendo las emociones más inmediatas e intensas las que guían sus decisiones y comportamientos.

¿Qué hacer, entonces? ¿Nos ponemos una venda en los ojos y que cada uno se las arregle como pueda, o buscamos la manera de ayudar a los padres? ¿Dejamos al azar un factor de tanta trascendencia para el desarrollo de los deportistas jóvenes, como es el comportamiento de sus padres, o intentamos influir para que este factor tan decisivo juegue a favor? ¿Padres que estorban? ¿O padres de alto rendimiento?

Este es un fragmento del libro que acabo de publicar: “Mi hijo es el mejor, y además es mi hijo”. Está dirigido a los padres de los deportistas jóvenes, pero también pretende ser muy útil a los entrenadores, directores deportivos, directivos, organizadores, árbitros, psicólogos del deporte y otras personas involucradas en el deporte infantil y juvenil, ya que se exponen aspectos cruciales sobre la actividad deportiva en estas edades, los deportistas jóvenes, los padres y la interacción de estos con sus propios hijos, los entrenadores y todos los demás actores habituales. Se trata de ayudar a los padres a comprender mejor el deporte y el rol que ellos pueden desempeñar, y a los demás a que comprendan mejor a los padres y los involucren como un jugador más en el puesto que les corresponde, En ambos casos el objetivo es que los progenitores sumen y se beneficien los chicos.

El libro consta de cinco grandes secciones. La primera, tras repasar el papel habitual de los padres y plantear la necesidad de contar con ellos, explica las características específicas del deporte infantil y juvenil: en qué consiste, qué beneficios puede aportar, qué riesgos puede conllevar, cuáles deberían ser sus objetivos, cómo se debería organizar y cuáles son los elementos y estrategias clave del entrenamiento y la competición en estas edades.

La segunda abarca las características psicológicas de los deportistas jóvenes, una información de gran valor para que los padres (y también los entrenadores, los  directivos…) comprendan cómo funcionan los niños y los adolescentes y el impacto que el deporte puede tener en ellos. Aspectos como la motivación, la autoconfianza, la autoestima, el perfeccionismo, el estrés, la ansiedad, la competitividad, la personalidad y la fortaleza mental, y su relación con la actividad deportiva de los muchachos, se explican con detalle, con ejemplos y estrategias que pretenden enriquecer el funcionamiento de los padres (y otros adultos) en beneficio de los chicos.

A continuación, se abordan temas de especial interés en el contexto del deporte infantil y juvenil: los errores de los deportistas, titulares y suplentes, los árbitros, las lesiones, el dopaje, el abuso de los deportistas jóvenes, los estudios, la presión añadida y la relación entre entrenadores y padres. Asuntos de gran trascendencia que sobresalen en el día a día y merecen una atención específica para que los padres (y los demás) reflexionen y adquieran conocimientos que puedan aplicar.

Seguidamente, se exponen y comentan los datos de dos investigaciones sobre padres de deportistas jóvenes expresamente realizadas con motivo del libro. El primer estudio es una encuesta sobre el funcionamiento de los padres en la que han participado más de 1500 personas de 22 países. El segundo versa sobre la motivación de los padres, con la participación de madres y padres de México y España.

La última sección incluye cuatro capítulos con recomendaciones prácticas para los padres. El primero, trata de la motivación de los padres, incluyendo estrategias para que conozcan su motivación y puedan controlarla. A continuación se presenta un amplio capítulo sobre las emociones de los padres y las estrategias e instrumentos eficaces para su autocontrol. Adelanto que en la citada encuesta, en la que participaron entrenadores, directivos, psicólogos y muchos padres, el mayor acuerdo (98%) fue para el enunciado: “los padres deben aprender a controlar sus emociones”. De hecho, suele ser en presencia de emociones no controladas cuando los padres actúan peor, por lo que este capítulo, muy didáctico, puede ser de gran utilidad.

El autocontrol de la motivación y las emociones favorece que los padres controlen su comportamiento, y el siguiente capítulo se centra específicamente en este: (¿Qué puedo hacer para sumar?) con contenidos como: el ejemplo de los padres, los padres en los entrenamientos, los padres en las competiciones, los padres como voluntarios, ante la retirada del hijo… También aquí, se aportan ejemplos y sugerencias para que los progenitores de los deportistas optimicen su comportamiento y tengan un rendimiento alto como padres. El último capítulo se refiere al entrenamiento de los padres, incluyendo directrices para organizar y aplicar programas que les sirvan para adquirir habilidades y rendir mejor como padres.

Conseguir que los niños y los adolescentes se beneficien de su paso por el deporte cualquiera que sea su nivel deportivo, es un objetivo ambicioso que será más alcanzable si se trabaja bien en equipo. Los padres también juegan en ese equipo (y no tienen suplentes; siempre son titulares). ¿Padres de alto rendimiento?

José María Buceta, psicólogo deportivo (http://chemabuceta.blogspot.com.es/)

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